Sabes, te cuento, hoy desperté con una sonrisa en la boca, tuve un sueño, my bueno. Imagínate, nos íbamos de viaje el fin de semana, nada menos que ha paraíso. Llegamos alrededor de las 6 :30 de la mañana el sábado. Un sonido partiendo el agua se acercaba, hasta una especie de muelle donde la esperábamos. Irónico, podría ser el lago de Caronte que te lleva por el inframundo. Como daga corta el agua, convirtiendo en astillas las gotas que se entierran en la lancha. Con su enorme guadaña, el remero se encarga de otorgar una gélida bienvenida, ofreciéndote el cese de los malos recuerdos y las malas vibraciones que se quedan en pairo al otro lado del muelle. Te ofrece un paraíso de posibilidades al descender de la lancha en espera del sol que renueve ese islote, surgido de la fantasía que tantas personas tuvieron. Y con pericia provocaron que surgiera de las entrañas del mundo de ilusiones.
Tuve un sueño, donde la mañana color arena, nos rebotaba en los ojos. En el consiente, volviéndolo inconsciente con la estratósfera de los colores danzando en la pista de baile. Donde por fin se comprueba la teoría de Coopernico, de Galileo, la tierra es redonda. Porque ahí es el centro de su circunferencia, el punto estratégico de energía, escupida por los poros de arena, impregnándose en tu piel. Te veías radiante! Eso lo recuerdo perfectamente, te mimetizaste con la playa y la playa te recibió con las olas abiertas, bañando tu cuerpo y seduciéndote con la espuma en su perfecto semen. Jugábamos al ciclope, y nos fundíamos en abrazos fuertes con el mar abierto de paraíso. La noche caía, y entre platos vacios de majares desconocidos, de entre la simple tesitura, de masa bien amasada y el pescado fresco, que en acto suicida se enredo en las redes, para llegar hasta tu cuerpo. Para nutrir ese cuerpo, porque seguramente se abra enamorado de ti, al observarte a través del espejo de agua. Y el tiempo seguía su curso en tiempos diferentes del infame reloj. Ahí no existían horas, sólo sombras que caminaban por las enramadas marcando un poco de ausencia, en relación a su posición anterior. Esas eras las horas, ese era nuestro reloj de arena, mientras me abrazabas suspendida 78 cm de la arena, sobre una hamaca. Fueron nuestros primeros intentos por aprender a volar juntos, pues tú cerrabas tus ojos y yo te hablaba al oído, mientras mis manos que sudorosas, temblorosas y torpes, buscaban hundirse en tu piel. Buscando explorar tus entrañas, en una búsqueda de pertenencia para ambos, piel y manos fundidos en el acto del amor. Uno solo, respirando de una brisa tan insospechada. Y fue nuestro primer vuelo de reconocimiento. Cercano al sol naranja, sonrojando al mar por mi atrevimiento. Y la noche cayó en tus pupilas, en tu memoria. Y entonces yo me debatía, no podía decidir en que momento eras más bella. Si bastaba ver tu cuerpo de diosa azteca, bañado por la luna. Fuerzas gravitacionales me hundían en la arena, espasmos eléctricos descubrían mis ilusiones, brindados en néctares vino tinto, que se agolpaban a la forma de una copa. Y entonces quise ser ese vino, para besar tus labios, y quise ser ese vino para tocar tu lengua. Bajar por tu diafragma. Recorrerte por dentro, conquistarte desde adentro y permanecer en tus órganos, en tus huesos, en tu costillas, como si en este caso tu fueras la dadora de vida. Y te pedía eternidad y reímos con la idea embriagada de locura, y planeábamos unas vidas juntas, así como cielo y mar cómplices azules. Así chipoteábamos con las palabras, de otros autores, sorfeabamos en sueños inalcanzables, pero tan a la mano en ese momento. Bailamos con la mente y en la memoria, esa melodía escogida tan sucintamente por ambos, para bailarla eternamente.
Y así, así nos dormimos esa noche, nuestra primera noche. Con la mirada en la luna que nos correspondía, con el codo a codo cómplice entre nosotros, y el mar arrullando nuestros sueños.
Hoy desperté con la resistencia, sabía lo que encontrarían mis ojos, una vez que se abrieran. Simplemente tu ausencia.
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